viernes, 10 de febrero de 2012

Férrea disciplina en la conciencia

Lo suyo eran las estaciones de ferrocarril, ahí era donde se sentía más libre, pasaba allí largas horas.
Hombre de  férrea disciplina en su conciencia, con la rutina  del quehacer diario contemplativo en el tránsito de las almas humanas perentorias, que traspasan la garganta de la máquina trituradora del tiempo, para coger un pasaje más o menos rutinario, más o menos atribulado, o más o menos esperanzado. Un viaje tras otro en esta vida, los cuales quedaban grabados en la mente de este hombre de férrea disciplina, poseedor de conocimiento, pero siempre desde la contemplación día tras día, una contemplación más limitada que la mayoría de los seres humanos, en cuanto al número de las diferentes sustancias  componedoras de la vida , acostumbrados a más plazas, más hipocresías, más escaparates, más violencia, más circunvalaciones ,más flores, más perros, más simplezas, más parafarmacias, más musculatura gimnástica, más estupidez, más armonía y más o menos por igual de desesperación humana. Se apostaba en la barra de la cafetería siempre puntual, llegaba a las diez de la mañana, no necesitaba mendigar, recogía el tributo en moneda que le ofrecían tres o cuatro almas, siempre las mismas, las mismas almas y la misma cuantía de las monedas; y se iba a la estación de los corazones de hierro que chirrían y se quejan .Siempre entraba en la estación de ferrocarril a la misma hora, a las diez en punto de la mañana,"buena hora -se decía para sí mismo- aprovechable para meditar en el asunto de la boca deleitable que deja junto a sus labios una sutil huella en la taza recogida por sus dedos como espigas,¿es acaso el valor el mismo a la mañana que a la noche en la condición humana?,así reflexionaba y meditaba siempre en el mismo sitio arrinconado y extremo de la barra, mientras veía desfilar por ella lo errante de la vida. Desde su atalaya adivinaba, con el uso de la costumbre visionaria, el diferente trino de la conciencia de las almas, distinguía perfectamente la que era más insurrecta de la más servilista, la más compasiva de la más onerosa, hablaba con todas desde sí mismo y para consigo, y como ser humano que era tenía sus preferencias, aunque tal primogenitura no reñía con la buena educación y respeto a las divergencias, y raras veces mostraba descrédito hacia las personas del mal ejercicio, como el llamaba a la estupidez humana de lo superfluo, y cuando se le cruzaban los cables se levantaba lentamente, muy lentamente se iba elevando cual ascensión divina y adivinatoria de la fragilidad humana, torcía hacia el lado izquierdo de la vida su infortunio redimido en su conciencia, a la par que giraba su idílica peonza esquelética en la misma trayectoria, y atravesaba la puerta que daba a los andenes, y se disponía en el dirigir del tráfico de lo errante del ser humano,¡Dense prisa, dense prisa!,era en estas secuencias de vehemencia desesperada,¡No hay tiempo que perder! y los corazones de hierro se aproximaban cada vez más, rugían en su conciencia más atronadora,¡Apresúrense!, las catenarias permanecían inmóviles en sus postes,¡Rápido, vamos!,¡A qué esperan!,y parecía como si la energía que generasen fuese en consonancia con las instrucciones que escupía a los viandantes...
Un día llegaron a la estación extrañas gentes, raras por no frecuentar esos parajes, no por ser diferentes,(rara es la sapiencia en este mundo y exótico su  perfil a los ojos de la condición humana, acostumbrada a la simplicidad y vulgarismo, se ofrece en goloso apetito por calles y vías, sin pudor alguno, la apetitosa holgazanería humana),entraron en la cafetería mujeres y hombres de alta estatura, con cara tostada, con cuellos y solapas, chaleco muy abierto v prendido con dos botones, casi sobre el esternón, hablaban como si estuviesen inventando tonalidades, con una prudente altivez, hablaban

de su patria, allá en Río Grande do Sul, colonizados antiguamente por portugueses, españoles, italianos y alemanes, y ahora por los brasileños; venían a hablar de las condiciones en las que se encontraban,  de la situación en que ahora vivían, en donde las altas tecnologías y las petroquímicas lejos de traer bienestar estaban destruyendo su patria y el ecosistema.
Y el hombre de férrea disciplina que permanecía en su trono de la barra, que seguía atentamente la conversación desde su trinchera:
-¡Gauchos, nómadas de las altas llanuras del amor! ¡Que vuestra voz en súplica riegue los campos de esta tierra!
Y el espíritu de la alta sabiduría  del  pueblo salió del fondo de la cloaca, la gente prorrumpió en cánticos, y  robustecieron con su ingenuo y sublime amor la estirpe libertaria

_xurxo fernandez gonzalez_